miércoles, 29 de abril de 2015

No hay mensajes amables y esperanzadores en las lunas rojas

Es la época de la opinocracia, en la que todos tenemos algo qué decir, o al menos pretendemos tener algo qué opinar. Estar informados, indignarse, solidarizarse con causas justas en contra de las villanadas de los injustos.  Podemos pasar de la noticia violenta y atroz al snob estético. Somos el ojo de un huracán: todo pasa a nuestro alrededor y nada parece poder detenerse. Víctimas y victimarios conviven en espacios virtuales: nos podemos leer pero no tocar; podemos comunicarnos pero no hablar para comprender la alteridad.
Hoy son fosas de miembros y trozos de algo que alguna vez fueron cuerpos humanos, apenas jóvenes,  con pensamientos y sentimientos que los ponían en marcha como un combustible invisible. Ayer fueron las demandas morales enajenadas, las sustancias prohibidas, las cuentas por cobrar a los profesionales corruptos por parte de los novatos de la corrupción. México está en el segundo hervor, medio oriente está en el segundo hervor, y mientras tanto la televisión norteamericana nos invade con violencia sofisticada, con violencia “cool”, violencia heroica. Es nuestra herencia europea, el honor y la venganza, la hipocresía y la mojigatez.
Dejamos de ser parte de esa cadena causal (si es que alguna vez lo fuimos), del ciclo natural de la violencia y la armonía. El efecto de boomerang parece no querer detenerse, más aún, parece acelerarse. Arrastramos la masacre perpetrada por los absolutismos ideológicos, religiosos. Todo se forja en la mente, entre las ideas que como algoritmos encuentran sus propios patrones perversos. Después todo irrumpe en la acción, en los ataques y las transgresiones físicas, en las masacres psicológicas.
Todos tenemos algo qué decir, aquí en estas redes sociales. Todos queremos decir algo, demostrar que sabemos, que pensamos o que al menos lo intentamos. Es un pequeño universo que lo único verdadero que nos muestra es la complejidad obtusa de nuestras redes de creencias colectivas.
El dolor, el sufrimiento, la agonía, aún no han tocado a la puerta de la mayoría que aquí nos manifestamos, como ya ha penetrado en la mayoría de las almas que transitan esta vida, en penumbra. Somos la minoría, la clase media, la nueva burguesía, ignorante por intolerante, por indiferente, por hipócrita.
Todo pasa como sucede en las películas y en las series de televisión por cable de paga. Son historias horrendas con las que estamos acostumbrados a vivir, pero soportables porque al final siempre habrá una lección que aprender, una frase interesante que integrar a nuestra disonancia cognitiva. Al final, casi siempre, triunfará el bien, o al menos hará que el mal haga penitencia. Y en el inter habrá publicidad que nos haga olvidar el sabor del trago amargo.
Nosotros sólo somos espectadores y no podemos ser otra cosa, porque la vida pasa muy rápido y la subsistencia apremia a ocuparnos de nuestras comodidades, de nuestros pagos a las tarjetas de crédito, para poder comprar el último gadget, el auto nuevo, para poder comer en el nuevo restaurant que promete alimentarnos con animales flagelados, vilipendiados como seres inertes.  
Hemos construido un impero de miseria, remozado con acabados de sofisticación. Hemos lacerado a las especies vivas de este planeta, seguimos absorbiéndole la sangre del megaorganismo vivo que nos deja habitar en él, para luego quemarla al aire en un ritual de pura banalidad, de pura enajenación por la comodidad. Somos la vergüenza de esta tierra, la especie que todo lo tergiversa para poder arrepentirse después y jactarse de una moral compasiva. Cada uno, desde su trinchera apoya sus causas justas, defiende su orgullo, vigila su honor. Cada uno, desde su monitor demanda atención para su propio, enorme y poluto ego. La inocencia de las nuevas generaciones se pierde apenas después de haber perdido los primeros dientes.

Hoy hay luna roja, sólo para recordarnos que tenemos las manos, las extremidades, el torso y los genitales manchados de sangre. Sigamos adelante, hasta que el destino nos alcance. Sigamos montados, anquilosados en nuestra fútil existencia, hasta que la naturaleza nos arrebate todo. Sólo ella podrá detenernos. Sólo ella podrá salvarnos de nosotros mismos.

Apocallitzin


Se quedó parado frente a la gran explanada del Zócalo, observando el mensaje gigantesco colgado en lo alto del edificio:

“ ¡Feliz y Prospero Año 2014! ”  

Sintió que presente, pasado y futuro perdían el orden lineal en su mente. Ese letrero, esa fecha, le probaban que era consciente de su presente, pero también le parecían a la vez el eco de un recuerdo y el presagio de un destino. Era aquel tiempo en el que todos los tiempos convergieron y todos los cuerpos celestes se alinearon en el cosmos. Aparecían lapsos, atisbos de otras dimensiones que la mente percibía cada vez con mayor regularidad. Sentía como si toda la realidad estuviera siendo succionada y su entrecejo fuera el centro de esa succión.


Después supo que había estado ahí desde siempre, sólo que nadie pudo advertir su presencia, a pesar de intuir que algo perturbador se estaba gestando: el hoyo negro detrás del sol.

Agave Theravada

Ningún practicante serio estaría de acuerdo o la mayoría de los practicantes serios estarían en desacuerdo, pero aún así insistiría en que, aunque suene extraño, algunas veces, una buena borrachera de tequila puede ser un evento revelador; algunas veces, lo que en un primer momento parece un error, termina siendo eso, un hecho iluminador. Uno entiende quién es y por qué hace lo que hace. Y quiénes son los demás; cuáles son sus necesidades y prioridades, tiene un valor igual a nada. 

Es un vacío que más allá de una hostil indiferencia, se siente como un gran eructo que deja salir toda emoción negativa; el desapego funciona más como un campo magnético de kalapas que repele descargas de un mismo tipo de energía, que como un témpano de hielo. 

No esperar nada, sólo dejar que todo suceda; no intentar controlar nada que esté más allá de nuestro ámbito de control: Nosotros Mismos. Eso, es lo que el budismo y el tequila me han enseñado. 


Acerca de la Timocracia



[A]nd we begin to suspect that he doesn't exactly care about the freedom of the city, not really, but rather that the idea of a certain action, fighting-for-the-freedom-of-the-city, has an aesthetic carachter, a kind of moral glamour if you will, and he's got fixed on that, and become quite heedless of what actually is happening to the city. This is a person in whom spirit, the sense of honor, has usurped the role of reason. 

(C. Korsgaard, Self-Constitution; reflexiones acerca de la República de Platón)

domingo, 5 de abril de 2015

Camino al Festín de la Carroña

Mañana comienza el asfixiante período de campañas electoreras 2015; seremos invadidos por millones de spots con mensajes que al escucharlos se sienten como una gran flema que se atora en la garganta; imágenes con los rostros de payasos, mirreyes, mafiosos y escaladoras profesionales del status político-económico, entre otras perversas mutaciones del zoon politikon que siempre logran sorprendernos… una vez más. Los menos de esos mensajes ofrecerán un contenido respetable, es decir, darán información concreta y transparente a la ciudadanía, pero lo demás será el mismo argüende al que ya nos tienen acostumbrados la gran mayoría de los que participan en la vida político-institucional de este país, México. 

Millones de pesos que podrían usarse para atender problemas graves como la pobreza; o que podrían destinarse a la investigación científica, a manera de compensación por los absurdos y constantes recortes del presupuesto que se han hecho a ese sector en los últimos ejercicios fiscales.


Veremos una batalla campal de egos obesos a punto de reventar; escucharemos las promesas más trilladas, cifras y estadísticas manipuladas; conoceremos detalles y chismes de la vida privada de muchos candidatos y candidatas; seremos testigos de cómo funciona la democracia bizarra, con gente verdaderamente loca y ajena a toda perspectiva de servicio llegando a los cargos públicos. En general veremos cómo se juega el festín de carroña al que es posible acceder si uno tiene pocos escrúpulos y participa en la actividad política. Al final creo que, irónicamente, lo más coherente de estos períodos electoreros es que se producen toneladas de basura para anunciar más basura.